12 años de la muerte de Darío Celayes: “Todavía espero que me digan qué pasó con mi hijo”

dario

Nota publicada en la Agencia de Noticias Paco Urondo (23/10/2015)
PH: La Voz del Interior
Ver publicación original

Las luces de un automóvil que venía por Avenida Circunvalación – al suroeste de la ciudad de Córdoba- alumbraron a Darío Celayes tirado en el asfalto, al lado estaba su moto: la Zanella vieja de color naranja parecía estacionada. Fue a las diez de la noche del 18 de octubre del 2003. Albañil, estudiaba en Renault -un curso para trabajar con los autos- y bailaba tinku -danza folklórica típica de Bolivia- junto a los amigos del barrio Villa El Libertador; Darío tenía sangre en la cara y en otras partes del cuerpo.

En el auto venía un matrimonio y sus dos hijos. Vieron que un patrullero se ponía en marcha cerca del lugar donde estaba Darío -todavía un policía no se había subido al móvil- después aceleraron y se fueron. El matrimonio fue detrás de ellos mientras hacían señas de luces y tocaban bocina, inclusive le cruzaron el auto al frente, para que se detuvieran y pudieran avisarles que al costado de la avenida había un joven herido. Cuando la policía regresó le impidió al matrimonio hablar con él. La pareja le contó a Graciela Colazo -madre de Darío- que él tenía miedo y se quería ir.

– Una noche llegaron al hospital. Se presentaron como “el matrimonio que encontró a su hijo. La estuve viendo en la televisión por eso me animé a venir a hablar con usted”. En ese momento había como 20 personas alrededor mío. La mujer me dijo que ella tenía dudas de la policía porque los había visto salir de donde estaba mi hijo, subirse al auto e irse con todo. Me dijo que en el móvil iban cuatro personas. La policía les dijo que no habían visto nada, ellos no entendían por qué pasaron por el mismo lugar y sí lo vieron a mi hijo. Les daba la sensación de que no lo querían ayudar –recuerda Graciela.

Al otro día, el domingo del día de la madre, a las siete de la tarde le avisaron a Graciela que su hijo estaba en el hospital, le dijeron que había ingresado sin ropa y sin documentación, que había tenido un accidente por conducir en estado de ebriedad y que estaba en estado crítico. Darío estuvo cinco días en coma y falleció el 23 de octubre del 2003. La causa está caratulada como “muerte de etiología dudosa”.

A las cuatro de la madrugada, llegó al velorio de Darío un policía con olor a alcohol. Bajó de un auto que dejó en marcha al frente de la casa y buscó a Graciela. “Yo no maté a su hijo” le dijo y desapareció. No investigaron quién era, tampoco llamaron a declarar a los que escucharon la conversación esa noche. El matrimonio que encontró a Darío, días después, dijo que Graciela los había apurado y que los inculpaba por la muerte de su hijo, Graciela sostiene que los amenazaron. Eduardo Botta, el médico que lo asistió en la avenida aseguró que lo encontró con ropa y con heridas que no parecían ser de un accidente; falleció días antes de declarar cuando explotó una ambulancia del servicio de emergencias municipal 107.

El hecho ocurrió a la altura de las Usinas Bazán de EPEC -Empresa Provincial de Energía de Córdoba- donde siempre hay guardias.

– Hay unos ventanales grandes en la Usina, de vidrio, que dan al frente de donde estaba pasando lo de mi hijo. A mí me dijeron que hubo un despliegue muy grande, que había gente, autos, ambulancia, camionetas de la policía, es imposible no ver tanto alboroto.

En Tribunales le dijeron que esa noche no había guardias pero Graciela insistió y llamaron a declarar a varios trabajadores. Al final, sí había dos guardias. Pero justo a las diez de la noche uno se había ido al baño y el otro se cambiaba para irse en una habitación cerrada porque ya llegaba su reemplazo.

– Lo que pasó, pasó a las diez de la noche y no pasó todo rápido. Hasta que lo encontraron a mi hijo y llegaron los médicos que le pusieron oxígeno y suero, trabajaron como cuarenta y cinco minutos ahí, no se pudieron haber demorado tanto tiempo los guardias como para no ver nada. Ellos han visto y se han callado.

En el 2010, una de las tantas veces que Graciela visitaba la tumba de su hijo para llevarle flores, vio que la lápida estaba rota y pidió que hicieran una exhumación. Desconfiaba. A su marido varias veces lo dejaron sin trabajo por acompañarla en su desesperado deseo de saber qué pasó con su hijo, le decían que en esa causa estaba metida la policía y los patrones no querían tener problemas. Los resultados comprobaron que los restos eran de Darío. La investigación recayó en la fiscalía de Distrito 2 Turno 3 a cargo de Pedro Caballero.

– Yo sé que a mi hijo no me lo van a devolver más pero quisiera que el responsable de su muerte pague por lo que hizo, porque destruyó una vida, quiero justicia. Si hoy lo viera le diría: destruiste toda una familia, porque nosotros con la pérdida de Darío nos tiramos todos abajo, hasta el día de hoy. Todavía espero que alguien me diga qué pasó con mi hijo –dice Graciela.

La causa no avanzó e inclusive se perdieron pruebas: la historia clínica de Darío se habría perdido en un cuarto del Hospital de Urgencias que se inundó; los documentos, la billetera y los papeles de la moto también se extraviaron; la ropa nunca se la devolvieron.

– La policía me dijo que “la ropa la daban a un lavadero que había en el hospital y si estaba en buen estado, la lavaban, la planchaban y se la daban a la gente que necesitaba”. Después averigüé por medio de las enfermeras que era mentira, la habían hecho desaparecer.

Del patrullero que estuvo la noche que encontraron a Darío en la avenida se supo que no tenía habilitación para circular, de los policías se pudo identificar a tres, todavía se desconoce quién es la cuarta persona que iba en el móvil. Graciela lo único que pudo recuperar de su hijo fue una gorra que un amigo de folklore le había traído de Bolivia y una bolsa de herramientas que había bajo el asiento de la moto. Todavía conserva intacta su necesidad de saber la verdad. La familia Celayes tuvo cinco abogados pero hace más de un año que no sabe nada de la causa, ya no pueden pagar más por asesoramiento legal.

Anuncios