Todos saben que a Güeré Pellico lo mató la policía

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Crónica publicada en la Agencia de Noticias Paco Urondo
PH: Colectivo Manifiesto
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En el quincho de Alberto no había peligro. O al menos eso esperaban, la madrugada del 26 de julio, los adolescentes reunidos alrededor del televisor donde veían el partido de Talleres. Faltaba otra coca para el fernet. Las miradas apuntaron a la moto de Fernando “Güeré” Pellico: el nieto de Alberto. Fue con Maximiliano Peralta –su primo- al quiosco que queda a media cuadra de donde vive. Su padre los vio comprar al frente de su casa. No pasaron ni cinco minutos cuando lo llamaron por teléfono para avisarle que a su hijo le habían pegado un tiro. “Güeré” tenía 18 años; Maxi 21.

Cuando los primos volvían al quincho, se cruzaron de frente con un móvil del Comando de Acción Preventiva (CAP) conducido por el policía Lucas Chávez. A su lado iba el Sargento Rubén Leiva. Ya habían ingresado al campo de Alberto cuando el patrullero dio vuelta en U y comenzó a perseguirlos. Sin dar la voz de alto, sin encender las luces del móvil, Chávez comenzó a disparar.

– Nadie dispara para matar. No nos olvidemos que no estaban haciendo puntería, no podemos pretender especificidad. Giraron en U para poder controlar la moto pero ellos aceleraron- argumentó Juan Manuel Riveros, abogado de Rubén Leiva.

A Maximiliano lo hirieron en la pierna y se cayó de la moto, del impacto voló una zapatilla que quedó tirada en el camino. Güeré sufrió cuatro heridas de arma de fuego de una bala que entró por la espalda. Al llegar lo llamó a su abuelo para avisarle que la policía le había pegado un tiro. Después quiso ponerle la patita a la moto pero no pudo. Cayó desplomado hacia atrás, a la tierra sobre la que había trabajado desde los 13 años. Maximiliano le desprendió la capucha y vio salir el plomo a la altura del cuello. El Observatorio de Derechos Humanos presentó en mayo un mapa de la violencia institucional en Córdoba. Entre el 2011 y abril del 2015 se registraron 59 casos de uso letal de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad pública de Córdoba. El mapa tomó como fuente a los medios de comunicación porque nunca obtuvieron respuesta ni de los Ministerios de Justicia y Seguridad ni del Tribunal de Conducta Policial.

– Un balazo se siente como si de golpe te atravesara un hierro caliente- recordó Maximiliano.

Estaba internado y esposado en el Hospital de Urgencias mientras velaban a su  primo. Lo imputaron primero por resistencia a la autoridad y uso de arma de fuego. Cuando los análisis indicaron que no tenía rastros de pólvora dejaron solamente “resistencia a la autoridad”. Era domingo. El día siguiente estuvo en la UCA (Unidad de Contención del Aprehendido) pero ahí era un preso que hacía ruido porque afuera había 200 personas que reclamaban su libertad. Finalmente lo llevaron a la Central de Policía y lo liberaron. No llegó al cementerio. Sus amigos enterraron junto a la tumba la botella de fernet que nunca abrieron.

El ladrillero

Güeré era el tercero de cinco hermanos. Tenía el mismo apodo que un niño de “Pantanal”, la novela brasilera que su madre veía cuando él tenía cuatro años.

— Había un chico negrito como él. Se le veían los ojitos nomas. Se metía en los charcos de barro y se trepaba a los árboles igual que el chico de la novela– contó su madre.

Abandonó el secundario a los 13 años. Había decidido retomarlo pero no llegó a tiempo para presentar la documentación y se quedó sin banco en el PIT (Programa de Inclusión y Terminalidad de educación secundaria). Le dijo a su madre que el año entrante lo primero que haría sería inscribirse para terminarlo. Ella aún conserva el formulario donde figura en lista de espera.

Alimentó a los animales que había en el campo de su abuelo paterno hasta los 15 años. Fue cuando comenzó a trabajar en el cortadero de ladrillos. Ahorró plata en los caños huecos de la cama hasta que juntó lo necesario para comprarse una moto. Esos ahorros no se tocaban, salvo para darle a su mamá para la comida. La terminó de pagar en febrero del año pasado. Llovía mucho por esa época y no podía trabajar en el cortadero así que sus hermanos hicieron la polla –pusieron unos mangos entre todos- y lo ayudaron a terminar de pagarla. Después les devolvió la plata.

— Yo tenía miedo de los choros, no de la policía – dijo Ana María Bustos Córdoba, su madre.

En el barrio todos la conocen como la “Curucha”. Su rostro parece indio. Aunque su hermosura no disimulaba el dolor que transmitían sus ojos. La cocina se mantenía en penumbras para preservar la frescura, afuera el calor era intenso. Sobre la mesa apoyó una caja con álbumes familiares donde dejaba fija la mirada mientras hablaba de su hijo. En el estante del modular había una foto de Güeré y un jarroncito lleno de flores le hacía compañía.

Gustavo -su padre- trabaja en el cortadero al igual que sus hijos. Allí mezclan el barro, lo trasladan al campo en carretillas para moldearlo hasta que toman forma de ladrillos y los llevan al horno. Repiten esos pasos incontables veces al día. Después los cargan en camiones. Entran a las ocho de la mañana hasta las doce. A la tarde entran a las dos y salen a las seis, aunque a veces hacen horas extras. Los ladrilleros trabajan de lunes a sábados 8 horas por día. Cada mil ladrillos cobran $270.

A Güeré siempre le dolía mucho la espalda por su trabajo a la intemperie. Soñaba con trabajar en una panadería. Quería cambiar de horno: uno donde pudiera hacer el pan. Usaba su moto para repartir currículums por el barrio. Le dio uno a su vecino del frente y esperaba tener noticias pronto.

La casa de la familia Pellico se encuentra entre las últimas manzanas de la zona. El frente estaba descascarado pero todavía quedaban restos del color blanco que alguna vez hubo. La Curucha es quien levantó la tapia lindera de ese hogar. Cada uno de los ladrillos los moldeó Güeré en los cortaderos y los llevaba al salir del trabajo. La pieza de él también la construyó su madre.

– A mí me mataron con él– sentenció la Curucha.

Por las redes sociales circulaba una foto de su hijo con una bandera amarilla que sostenía con las dos manos. Parecía planchada. En letras rojas se leía “Los Bule” para acortar la magnitud del barrio Los Bulevares. Es uno de los más extensos de la ciudad de Córdoba, se encuentra al noroeste, afuera del anillo de circunvalación. Desde hace 40 años es el barrio donde muchos jóvenes trabajan en los cortaderos de ladrillos de la zona. De allí que las cuadras en las que vivía Güeré reciben el nombre de “Los Cortaderos”. Las calles son de tierra. No tienen carteles que indiquen sus nombres. No hay pasillos. No hay techos de chapa. Pocas casas tienen rejas antes de las puertas de entrada. No pasa ningún camión que recolecte la basura. La cancha, que es el lugar de encuentro de los jóvenes, está limpia porque ellos mismos la cuidan. La poca iluminación proviene de la casa de alguna vecina. El transporte público no llega a la zona que está a una hora en auto del centro de la ciudad. Los jóvenes caminan o andan en moto. En la calle principal, un sábado, había unos parlantes en la vereda: sonaba “Escríbele una carta” de La Mona Jiménez.

En el baile, entre tema y tema, La Mona hace señas con las manos para nombrar a los barrios que están presentes. Cada uno tiene la propia, salvo Los Cortaderos. Si los jóvenes no dicen que son de barrio Los Bulevares no los pueden nombrar, como si no existieran.

– Acá todos tenemos antecedentes. Somos pobres, por eso nos marginan. Esos son nuestros antecedentes –decía Sonia Bustos, madre de Maximiliano, sentada en la peluquería del barrio.

Código de Faltas (o cómo estigmatizar pobres)

Los jóvenes de Los Cortaderos no salen muy seguido. Basta ser un pibe de esa zona y andar en moto para que la policía te salte a la yugular. Son carne fresca para el Código de Faltas, una ley contravencional sancionada en la provincia de Córdoba en 1994. En la práctica, es una herramienta de estigmatización social para legitimar la violencia policial. La “salida” era quedarse en el barrio a ver partidos de fútbol o reunirse en la esquina del kiosko a tres cuadras de la casa de los Pellico.

La canchita del barrio es de tierra. Frente a ella hay tres murales. El mismo día que Güeré y sus amigos pintaban un mural contra el abuso policial, se lo llevaron detenido junto a Maximiliano sin haber realizado ninguna contravención. Esa fría noche de mayo, durmieron en el patio de la comisaría de Villa Allende. Al otro lo pintaron sus amigos en noviembre, un día antes de que cumpliera 19 años. Tiene su cara y al lado dice: “Llévame un solo instante a tu presencia / que tu ausencia me duele intensidades / quien hubiera pensado que te fueras /si tu vida en flor era una fiesta”.

A menos de un mes de la muerte de Güeré, se realizó un operativo en Los Cortaderos. Buscaban droga. La policía provocaba con balazos y la gente respondía tirando piedras. Esa noche, los uniformados dejaron su marca en el altar a Güeré: apareció con un disparo en uno de sus vidrios. Al otro día encontraron aproximadamente 400 cartuchos de bala.

Los vecinos del barrio y algunas organizaciones sociales comprometidas con los derechos humanos protagonizaron marchas para exigir justicia por Güeré. No las hicieron en el centro de la ciudad sino cerca de su lugar de pertenencia. Cortaron la Av. La Voz del Interior, donde se encuentra la sede principal del diario más vendido de la provincia.

Los amigos de Güeré durante la última Marcha de la Gorra pegaron un cartel con su cara debajo de una pantalla donde se leen los titulares de La Voz del Interior, entre las avenidas Colón y General Paz. Al lado, otro que pedía justicia por él. Los jóvenes, mientras bordeaban la esquina más céntrica de la ciudad, gritaron su nombre. Llovía. Entre la gente, la Curucha contenía el llanto y levantaba con los brazos en alto un cartel azul con la foto de su hijo.

– Ahora estamos pidiendo la libertad y el sobreseimiento de Leiva en la Cámara de Acusación. Tiene que resolver por sí o por no la libertad. Si consideran que no están dadas las condiciones para recuperarla ya hay que esperar la elevación a juicio. Leiva no declaró antes porque Chávez ya contó la verdad: él disparó porque le dispararon- dijo Riveros con absoluta calma.

Pistolas que se disparan solas

Cuando la Policía Judicial realizó un rastrillaje por la zona del hecho encontraron una caja de vino tinto, al lado una Pritty de litro y medio, un envase de Coca Cola de 2 litros vacía y una zapatilla. Nunca encontraron armas.

Sobre lo ocurrido, Julio César Suárez -Jefe de Policía de la provincia de Córdoba- dijo que había “una delgada línea entre el accionar legítimo de un policía y el exceso”. El exceso es lo que comúnmente recibe el nombre de gatillo fácil. Se trata de un homicidio calificado efectuado por un policía. Para el fiscal Pablo Molina “hay una vida, no una delgada línea”. Imputó a Leiva y Chávez por homicidio agravado por utilización de arma de fuego y calificado por su rol de funcionarios públicos.

– El abogado Riveros empezó mal la causa porque hubo presión. Tenía que reafirmar lo que ya había dicho el jefe de policía: “hubo un intercambio de disparos”. Después ¡andá a comprobarlo!- dijo Julio Leiva, el hermano mayor de Rubén, después de contar que él frecuentemente lo llama para pedirle que lo saque de la cárcel.

No eran los únicos policías que hostigaban a los jóvenes de Los Cortaderos. En abril del 2014 la policía entró al barrio. Se llevaban detenidos a los jóvenes que se iban a trabajar en moto. Permanecieron sentados en “corralitos”, como en una vidriera de exposición. Como por el barrio no pasa nadie los policías los llevaron a la avenida más cercana. En el bulevar Los Alemanes los tuvieron con la cabeza tapada hasta la tarde. Después los soltaron sin siquiera imputarles alguna contravención. Simplemente necesitaban exponerlos en la calle para que los vieran detenidos, humillados.

– Me acuerdo de una tarde. Los pibes estaban sentados en la esquina y pasó una vecina por el frente. Se descompuso y cayó al suelo. Todos se empezaron a reír. Güeré la levantó y la llevó hasta su casa –recuerda Sonia.

Hoy esa vecina cuida las plantas que crecen en el suelo donde se levanta el altar de Fernando Pellico. Todos los días riega y limpia el rincón para recordarlo. El altar está pintado de blanco por fuera. Por dentro hay ladrillos a cara lavada. En la parte de abajo hay plantas e imágenes del Gauchito Gil. La parte de arriba está custodiada con rejas. Dos vidrios dejan ver las fotos de Güeré, flores, cartas, estampitas de santos y vírgenes.

Ana María y Gustavo juntan peso por peso para pagarle a su abogado. A la pérdida se suma deslomarse para afrontar los gastos judiciales. Sonia quiere que le saquen la imputación a su hijo y que cambien la carátula de la causa por “Intento de Homicidio”. Hoy figura como “Lesiones leves agravadas”.

– Cuando corría, las balas me pasaban por el lado de la oreja. Se siente como un silbido. Si me movía o daba vuelta la cara, cagaba –dice Maxi.

La semana anterior a que se cumpla un año de la muerte de Güeré la asamblea del barrio se reúne: convocan a una conferencia de prensa y a una jornada para recordarlo. Discuten sobre seguridad. O inseguridad. O sobre la falta de educación, salud, trabajo.

– Cuando pedimos policías entraron al barrio, violentos y agresivos. Mi marido les decía que paren, “mataron a mi hijo” y un policía le contestó “y a mí que me importa qué le pasó a tu hijo”-. Cuando la Curucha habla todos hacen silencio.

Una tarde cualquiera se jugaba un partido de fútbol en el potrero donde está el altar. Un niño pasó corriendo por el frente. Se detuvo a tocar el vidrio que dejaba ver la foto de Fernando Pellico subido a su moto roja. Hizo la señal de la cruz frente a ella y siguió corriendo.

El último mural lo pintaron el 25 de julio. La jornada reunió a familiares y amigos bajo el lema “Cortaderos resiste con alegría”. Hubo una misa. Al lado de la gruta ahora había una mesa con un mantel blanco que se convirtió en altar. Del otro lado la moto roja. Los vecinos hacían fila para que les estamparan en remeras y camperas la cara de Güeré. La Rimbombante, una radio abierta, presentaba las bandas. También leyeron los mensajes del buzón que habían puesto en el kiosko del barrio. Uno de ellos decía: “Güeré te quiero mucho y te pido que me protejas desde donde estés”.

Juan, el hermano más chico de Maximiliano, acababa de cumplir los 18 años. Fue a cargar nafta a los bulevares. Después volvería a  la canchita para encontrarse con sus amigos otra vez. Pero lo pararon en el control que hay apenas se sale de Los Cortaderos. Lo llevaron a la UCA. Su madre terminó la jornada a las 11 de la noche, cuando liberaron a su hijo sin imputarle ninguna contravención.

– Los excesos existen, han existido y van a existir. En este período democrático, que es democrático en algunas cosas y en otras no, la policía tiene que existir y va a existir y va a seguir habiendo cosas raras, porque los que primero llegan siempre a los lugares son los policías- dijo Julio Leiva.

Asegura que su hermano desea la libertad porque está ansioso por volver a trabajar.

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