De la muñeca al bebé

Nota publicada en Revista E+ (Diciembre, 2016)
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En Argentina cada cinco minutos nace el bebé de una madre adolescente. Una mirada sobre una problemática que atraviesa todas las clases sociales y empuja a miles de chicas a ser adultas de golpe.

Falta poco para el carnaval. Abigail ensaya una coreografía con la comparsa de barrio San Vicente. Ella, que tiene catorce años, que todavía juega a las muñecas con su hermana y al fútbol con los varones, está embarazada. Ensaya.  La humedad insiste a la siesta y las chicas transpiran. Siente que un líquido corre por sus piernas y piensa que se hizo pis: rompió bolsa. Dos horas después, en la Maternidad de San Vicente, sentada en la camilla de parto, respira hondo y aprieta el puño con fuerza. Quiere pegarle al médico porque le acaba de dar dos chirlos en las piernas para que se quede quieta. Ella se levanta para devolverle el golpe y por la fuerza que hace al sentarse, nace su hija.

–Me trataron re mal. Yo les decía que no aguantaba más el dolor y les pedí que me llevaran en silla de ruedas, pero me hicieron caminar. Y ahí me dijeron: ¿quién te mandó a abrir las patas?

En Argentina, cada cinco minutos nace el bebé de una madre adolescente y cada tres horas uno cuya madre es menor de 14 años, víctima de abuso por ser menor de edad, de acuerdo a un informe de Economía Femini(s)ta. En Córdoba, todos los años, unas dos mil chicas menores de 20 se convierten en madres, según la Secretaría de Salud de la Municipalidad de Córdoba. En barrio Alberdi, Warma Wasi es el único centro de la provincia que brinda asistencia psicosocial, pero sólo asisten entre 8 y 14 chicas con sus bebés. Sólo una está embarazada.

Hace dos años Mercedes Facciano y Mabel Rocchiccioli crearon Warma Wasi. Aunque eran empleadas municipales –estaban a cargo de los Hogares de Día– y reciben apoyo económico de la Municipalidad, no se puede considerar que sea parte de una política integral de Estado.

En una casona restaurada de barrio Alberdi, los padres de las adolescentes firman una autorización para que ellas puedan asistir. Abigail tiene 15 años, es la más chica, y Aytana, la mayor, tiene 25. Ahí desayunan y almuerzan tres veces a la semana. De lunes a viernes hay talleres de arte, danza, canto, yoga y huerta; también tienen todo lo material que necesitan los bebés; hay una médica, una nutricionista, un abogado, dos trabajadoras sociales, una cocinera y una sola niñera para cuidar hasta a diez niños. No importa el cargo de cada uno, a todos en algún momento les toca alzar a un bebé.

“Aunque la prioridad de la asistencia a las madres adolescentes sea su salud reproductiva, es clave abordar también los aspectos psicosociales, recreativos y educacionales”, dice Facciano.

La casa tiene techos altos, las ventanas no tienen cortinas, la luz inunda los ambientes. Tiene dos pisos y la planta alta es el espacio para que las mamás hagan solas sus actividades: los niños se quedan abajo al cuidado de Teresa, la niñera, pero cuando alguno de los bebés llora cada una debe bajar a atenderlo.

“Las chicas demandan energía. A veces vienen mal y hay que contenerlas. Sufren violencia, problemas en su familia y las problemáticas propias de la maternidad adolescente. Por eso la gente que trabaja acá tiene que tener un carácter especial. Por respeto a ellas y porque hay niños”, dice Facciano. Y agrega que les gustaría que hubiese otros Warma Wasi alejados del centro de la ciudad, en instituciones municipales o centros de salud.

Caren y Abigail son dos de las mamás que van a Warma Wasi. Están en el cuarto que usan para hacer el taller de arte. Tratan de no moverse demasiado porque en la mesa hay artesanías recién pintadas. El olor a pintura les da la razón. Conversan sobre qué dibujitos animados son mejores para que vean sus hijas. La complicidad de sus miradas delata un dejo de inocencia y picardía. Prefieren a María Elena Walsh y a Peppa Pig.

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Es octubre. Es el primer paro nacional de mujeres. Una bandera de colores interrumpe la circulación de los autos. Detrás, ocho adolescentes bailan reggaetón. El mismo día celebran el segundo aniversario de Warma Wasi, por eso vino Lucía García, a cargo de la Dirección de Promoción Familiar y Lucha Contra la Violencia Familiar de la Municipalidad cordobesa, y en el medio de la ronda que formaron las mamás habla sobre el asesinato de Lucía Pérez, la adolescente violada y asesinada en Mar del Plata. Dice que no hay que juzgar a la víctima, que hay que condenar el hecho aberrante, que hay que decir Ni Una Menos porque violan, acosan, persiguen y matan mujeres, que hay que reivindicar todos los días la condición de mujer, pero sin limitar sus roles a la maternidad o a las tareas del hogar.

Los aplausos aparecen puntuales después de la última palabra. Lucía García sale al patio a fumar y conversamos.

¿Qué políticas de Estado hay respecto a la maternidad adolescente?

Trabajamos con la conformación de equipos técnicos que atienden por toda la ciudad para empezar a reconocer la perspectiva de género transversal a las prácticas cotidianas. Hablamos de maternidad adolescente pero nunca hablamos de paternidad adolescente. Cuando hablamos de sexualidad es la mujer la que tiene que cuidarse de los embarazos y el hombre pareciera exento de esa responsabilidad.

¿Y a través de qué medidas concretas intervienen en las prácticas cotidianas?

Hay muchos espacios de formación, intercambio y debate con los equipos técnicos. Solo somos parte de un sistema que debería funcionar de otra manera. El sistema de salud no tiene perspectiva de género, tampoco el sistema educativo. No solo se trata de que la mujer gestante encuentre contención a través de programas, sino insistimos en construir una paternidad responsable.

¿Qué políticas de prevención hay respecto a la maternidad adolescente?

Nosotros trabajamos mucho con los Consejos de Jóvenes, dos espacios donde los adolescentes se acercan a debatir. Lo que nos interesa es revertir nuestra mirada como adultos.

Warma Wasi es la única respuesta estatal para las madres adolescentes. Son 1943 las menores de 20 años que se convirtieron en madres en 2015 y 2068 en 2014, según la Secretaría de Salud municipal. Sólo 14 adolescentes reciben apoyo psicosocial en la casona restaurada de barrio Alberdi.

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Abigail y Caren pegan pedacitos de cerámicos en un mural que hacen en el taller de mosaiquismo. Caren tiene la mirada fija en los cuadraditos rojos que acomoda en los labios de la mujer dibujada en la madera. Con el pie hamaca el coche donde Malena, su hija de nueve meses, está acostada.

–Male nació sietemesina porque yo tenía comienzo de desprendimiento de placenta. Ese día estaba en el terreno donde estaba haciendo mi casa y sentía que me hacía pis. Volví a mi casa y lo llamé al papá de la bebé, porque me sentía mal y él le avisó a mi suegra y fuimos a la maternidad.

Doce horas de espera para decirle: “Mamá, rompió bolsa”. La bebe había tragado líquido y después del parto estuvo 25 días internada. Volvieron a vivir a una casa que le prestaron al papá de Malena, que ahora tiene 19 años; ya no viven juntos y él tiene una orden de restricción de contacto.

Los ojos y la sonrisa hacen del rostro de Caren un círculo luminoso, apacible. El movimiento delicado de las manos al alzar a su hija es un eco en todo el cuerpo que se mueve en armonía. La remera holgada que flamea sobre su flacura es de color rosa y tiene la cara de Mickey Mousse. Malena llora, hay que cambiarle los pañales.

–Yo quería nena, era mi sueño. Pensaba: Ay, le voy a poder hacer trenzas, pensaba en la fiesta de 15, en los vestidos. Estaba loca por las nenas. Siempre quise tenerla.

La inocencia con la que Caren y Abigail compiten por quién pegó mejor los cerámicos desaparece cuando hablan de plata. En la punta de la mesa, donde abundan restos de galletas babeadas, Abigail y Caren hacen cálculos: son madres, adolescentes, solteras, que aprendieron a hacer malabares con su economía.

“Una bolsa de pañales cuesta 40 pesos y me dura un día, dos como mucho. Para colmo ella toma una leche especial que sale 300 pesos y me dura una semana y media. A mí los únicos que me ayudan son los abuelos de Male. El padre no hace nada. Y mi mamá tiene dos bebés chiquitos también: uno de tres años y otro de un año y nueve meses”, cuenta Caren. La madre de Caren tiene 31 años y también tuvo su primera hija a los 15.

Ahora la que habla es Abigail: “Por ahora me estoy manejando con la Asignación Universal por Hijo y no cuento con nadie: hago maravillas. Cobro 800 pesos. Cargo 100 a la tarjeta del colectivo para venir acá y por si tengo que salir de emergencia con la bebé. Los pañales me salen 450 para todo el mes. Y 200 la leche. Y si le compro ropa es porque me sobran pañales del mes anterior y me queda algo para una remerita o un pantalón, y voy progresando en ella”.

Ella sí buscó a su hija. A los diez años se hizo cargo de sus hermanos y de un bebé que su prima le dejó a cargo. Ella lo crió como a su hijo. Tres años después, la madre volvió a buscarlo y Abigail sintió, a los 13 años, un vacío que dibuja con el puño cerrado sobre el pecho. Entonces decidió ser mamá. Jhony era su pareja y falleció antes de que naciera Gabriella, su hija. Sólo cuenta que recibió un balazo. Gabriella duerme en la sillita de comer al lado de ella, tiene salsa en toda la cara y la cabeza recae suave hacia un costado. “Es una cosa que creí que nunca iba a poder tener. Es lo más preciado del mundo”, dice Abigail.

Tener un hijo te empodera, cree Agustín Leal Pereyra, un estudiante de Trabajo Social que hace sus prácticas en Warma Wasi. Investigó sobre las políticas que hay para mamás adolescentes a nivel municipal, provincial y nacional. Dice que Warma Wasi es la única casa en Argentina con un enfoque psicosocial que pretende potenciar a la mujer no sólo desde el rol de la maternidad.

–Empodera ser mamá, está bien visto ser madre, te reposiciona en la casa. Tienen más poder en las comunidades de donde vienen. Por ahí dicen que a lo único a lo que se aferran en el mundo es a su hijo. Una de las chicas ahora ya tiene ganas de tener otro. Cuando los hijos crecen les provoca a las mamás un vacío afectivo y ellas necesitan otro vínculo. Tener un hijo es tener algo, porque no tienen nada –explica Agustín.

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Respiración. Pujo. Cuclillas. Pamela repite las tres palabras que debe memorizar. Está de ocho meses, tiene 19 años, en noviembre nacerá su primer hijo. Se va a llamar Sebastián. La suavidad de la voz y el hablar lento acompañan a los labios gruesos cuando intentan modular la palabra “obstétrica”. Los ojos entrecerrados delatan la ternura de una joven que aprende sobre el parto.

Pamela vive con su marido en barrio Sol Naciente, atrás de la casa de su suegra. Él tiene 30 años y tres hijos. A Pamela le gusta tanto el chocolate que una vez se intoxicó y tuvo que ir al hospital, así se enteró que estaba embarazada.

–Vengo (a Warma Wasi) para despabilarme de los problemas. Las médicas me están guiando en el proceso del parto. Ahora me están enseñando a respirar profundo y a soltar el aire, a no ponerme nerviosa cada vez que me agarran las contracciones. Se me pone dura la panza y no puedo caminar ni respirar, siento que algo se me baja, que quiere salir y me da miedo –dice Pamela, que fue hasta tercer año al secundario y quiere terminarlo después de que nazca Sebastián.

El Ministerio de Salud de la Nación informó que en 2013 nacieron 117 mil bebés de mujeres menores de 20 años. Según el Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva, de estas madres adolescentes el 69 por ciento declaró que los embarazos no fueron planificados y el 60 por ciento contó que tuvo que abandonar los estudios al quedar embarazadas.

Además de políticas inclusivas, las madres adolescentes necesitan la aplicación de la Ley 26150 de Educación Sexual Integral (ESI). Abigail estaba en segundo año del secundario cuando quedó embarazada. Todavía nadie le había hablado en la escuela sobre sexualidad, aunque hace diez años el gobierno nacional promulgó la ESI, que debe aplicarse en todos los establecimientos educativos, pero en la práctica no se cumple. “La ESI es una herramienta para que los docentes enseñen, pero también para que aprendan sobre cuidados y sexualidad, y para que los adolescentes puedan salir de la visión hegemónica que concibe a la mujer en su exclusiva capacidad reproductora”, explica Guadalupe Molina, doctora en Ciencias de la Educación.

Cuando Abigail quiso retomar el secundario su hija ya había nacido y, aunque podía ir al colegio con ella, era difícil tener tiempo para estudiar, siempre estaba cansada. Ahora Caren y Abigail planean retomar el colegio porque después quieren seguir estudiando. Entre todas están organizando empezar en el mismo colegio, las hace sentir menos solas.

 

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