Las voces ocultas de la guerra

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Crónica publicada en la revista Energía +
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Claudia Lorenzini guardó en su bolso el oso de peluche que le regaló su mamá, la carta que le hicieron sus compañeros en el colegio donde iba al secundario, su diario íntimo, la ropa interior y mucho abrigo. No tenía ganas de irse de viaje. Era febrero de 1982.

Ahora, 33 años después, está parada junto al teléfono y el silencio le pone freno a la memoria. A juzgar por su respiración entrecortada, llora mientras los recuerdos vuelven hacia ella. Toma aire y se recuerda a ella misma en la habitación de su infancia. En algún lugar está la foto de su fiesta de 15 en la que usó un vestido de colores que dejaba al descubierto su hombro izquierdo. Pero recibió sus 16 años en la Base Naval Puerto Belgrano, donde atendía a los soldados heridos durante la Guerra de Malvinas, donde el teniente José Italia le ofreció usar el uniforme de gala el mismo día en el que abusó de ella.

Trece mujeres llegaron al frío patagónico de Comodoro Rivadavia, a casi dos mil kilómetros de la ciudad de Córdoba. Allí recibían a los heridos de las Islas Malvinas que regresaban hacia el Continente. Otras 10 chicas se alojaron en la Base Naval Puerto Belgrano: eran menores de edad en un curso de aspirantes a enfermería. En marzo de 2015, la senadora Hilda Aguirre de Soria presentó un proyecto de Ley que pretende el “reconocimiento y reparación al personal femenino argentino que participó en la Guerra del Atlántico Sur en 1982”. Las primeras militares de la Fuerza Aérea que se incorporaron como enfermeras todavía no cobran una pensión y no son reconocidas como veteranas de guerra.

Claudia suspira y deja pasar los segundos como si tuviera que tomar envión para hablar. Dice que no le importa cobrar la pensión. Le cuesta pronunciar, entre sollozos, la palabra pobre al contar cómo era su vida de niña. En 1981 ingresó a la Marina y en septiembre de ese mismo año pidió la baja porque extrañaba mucho a su mamá. Su madre no podía pagarle una carrera universitaria y entrar como aspirante naval al curso de enfermería era la única forma de garantizarle un futuro. Solo se exigía haber completado el primario y tener más de 15 años y medio. En 1982 fue reincorporada por orden de sus superiores y trasladada a Puerto Belgrano. Claudia tenía buen promedio pero nunca había atendido a un paciente.

“Vení a probarte el uniforme de gala, me dijo el teniente Italia. Nos subimos a su auto y mientras me acariciaba las piernas cada vez más arriba llevó mi mano hasta sus genitales. Después me besó. Me dijo que si hablaba nadie me iba a creer y que me iban a dar de baja”, recuerda Claudia.

Al volver de la guerra no quiso saber nada más con la sanidad. Se deprimió y cayó en el alcoholismo. No pudo tener hijos. Su pareja nunca supo que estuvo en Malvinas, muchos menos del acoso. Su madre se enteró de todo hace unos meses. Veinte años después logró dejar el alcohol. Salir del silencio también la alivia.

“Claudia sufrió un intento de abuso. En aquella época ¿a dónde lo iba a denunciar? Dictadura y militares. No existían políticas de género y las mujeres estaban desprotegidas. Ella igual denunció al jefe de la base militar y él le incautó todas sus pertenencias, la ropa, el diario íntimo, sus ositos de peluche, y le dijo: ‘Me firma acá y se va de baja. Y si usted habla, vamos a perseguir a su familia’”, cuenta Alicia Panero.

Alicia es docente de Historia en el Instituto Universitario Aeronáutico y la autora del libro “Mujeres Invisibles” donde cuenta cómo vivieron la Guerra de Malvinas las argentinas, las isleñas y las británicas. Vive en el barrio militar de Córdoba ubicado en la Avenida Fuerza Aérea: 109 hectáreas de casas con estilo colonial que solo  alojan a los militares y sus familias. Una amiga le envió una foto tomada en Comodoro Rivadavia: cinco mujeres con uniformes, cascos y armas. Detrás de la foto decía: “Estas son enfermeras en la guerra”.

La foto apareció luego en el libro –publicado en 2014– que culminó con su trabajo de investigación en el I.U.A. y expuso una nueva problemática: la invisibilización de las enfermeras que trabajaron durante la Guerra de Malvinas.

“La guerra iguala: no gana nadie –dice la autora del libro–. Nunca pensé que tuviéramos veteranas mujeres. Todos estos años se callaron por miedo. Algunos militares les decían: ‘Lo que seguramente hiciste fue ir de puta para entretener a las tropas’”. Ellas volvieron con la guerra a cuestas.

Voluntaria

Stella Maris Botta ya no es enfermera de las Fuerzas Armadas. Son las 11 de la mañana y prepara un guiso para su familia, mientras su marido lee en el living. Radio Popular suena a todo volumen en la cocina y el cuarteto lo invade todo. Tiene dos hijas y un hijo pero solo habla del varón, que hoy es Teniente del Ejército. Muestra como la mejor de sus joyas una foto de ella con César Milani, el ex Jefe de Estado Mayor General del Ejército. Sonríe orgullosa.

“La Dictadura hizo cosas que no correspondían, pero el pueblo se olvida de que le pidió ayuda a los militares contra los terroristas porque no soportaba lo que estaba pasando. Después no les dieron lugar a que hablaran o que contaran cómo fueron las cosas. Los militares nos sacaron del terror en el que vivíamos. Nos salvaron”, asegura Stella Maris.

En 1980 se recibió de enfermera en la ciudad de Villa María y en 1981 hizo un curso de Cabo Principal en el escalafón sanidad. En mayo de 1982 el oficial Luteral convocó a su oficina a las tres promociones de enfermeras que había hasta ese momento. Cuando preguntó quién quería ir a la zona de combate todas dieron un paso atrás. Tenían miedo. Ninguna hablaba, incluida Stella Maris –de 23 años– que era la más joven de la tercera promoción. No aguantó el silencio y antes de que otra ocupe el lugar que ella deseaba, se precipitó para ofrecerse como voluntaria. No lo dudó. Sonríe orgullosa, otra vez, al recordarlo.

“Una vez sobrevolaron sobre nuestras cabezas los helicópteros del enemigo. Si bajaban, íbamos a ser las primeras que agarraran: para violarnos. Si eso hubiera pasado los argentinos habrían luchado con más ganas y odio, se hubieran puesto más en contra de los ingleses”, dice Stella Maris.

Sus ojos miran fijo el techo de su casa mientras habla, pero en realidad ven los alrededores del Hospital Reubicable, que era un avión Hércules que llevaba comida y abrigo a las islas, y volvía al Continente poco después con soldados. Llegaban amputados, quemados, algunos ciegos o con fracturas expuestas, otros sordos, lloraban, no dormían, rogaban por sus madres. Las enfermeras tenían prohibido llorar. Debían atenderlos, curarlos y contenerlos emocionalmente para que su recuperación fuera exitosa.

El Hospital Reubicable está compuesto por once contenedores capaces de formar un sistema eficiente de atención médica y de ser trasladados de un lugar a otro. Solo existen tres de su tipo en todo el mundo. Es hermético: no tiene ventanas. Las enfermeras no veían la luz del sol ni las luces de la ciudad. Todas las noches, Comodoro Rivadavia quedaba a oscuras para prevenir ataques enemigos.

La orden: no hablar

A fines de mayo de 1982 la revista Gente publicó una edición titulada “Seguimos ganando” en letras mayúsculas, con la foto de un avión que sobrevolaba un buque incendiado y una enumeración: seis buques hundidos 12 averiados 21 aviones 16 helicópteros. “Seguimos destruyendo a la flota británica”, decía. Los aviones Hércules llevaron más de mil heridos argentinos a Comodoro Rivadavia. Cada vez con más frecuencia. El último paciente se fue de alta el 22 de diciembre de 1982. Hasta ese día hubo enfermeras atendiéndolos.

Cuando por primera vez se encendieron las luces de la ciudad hubo gritos, llantos de alivio, o tal vez de tristeza: la guerra había terminado. El 14 de junio Argentina se rindió: había perdido 649 soldados. Alicia Reynoso regresó del Hospital Reubicable los primeros días de junio. Argentina sufría la dictadura.

“Guerra significa la muerte de otro ser. No supe lo que era la democracia hasta que llegó Alfonsín. No la conocía y la anhelaba”, dice Alicia y deja que el tono de su voz suba para mostrar la fuerza de aquel deseo.

Alicia era la jefa de enfermería del Hospital Militar en Buenos Aires. Estuvo entre las cinco primeras mujeres que llegaron a Comodoro Rivadavia a armar el Hospital Reubicable. Era la encargada del quirófano. Detrás de su uniforme se escondía una joven de 24 años que por reglamento debía portar un arma.

Hoy tiene 59 años y todavía trabaja como enfermera, pero de civil. Fue la primera mujer veterana que habló sobre su trabajo de sanidad, después de sufrir un accidente cerebro vascular y de creer que era peor que estar en la guerra. Sembrando verdades es el nombre de sus charlas. Repitió la palabra desmalvinización incontables veces después de reconocer que recibió de sus superiores la orden de no hablar sobre lo que vio y vivió en Malvinas.

“Veíamos salir a los aviones con comida pero pienso que no la repartían. Los soldados llegaban desnutridos, muertos de hambre. El responsable de repartir el abrigo y la comida seguro que ahora cobra una pensión, pero le debe pesar demasiado. Nosotras hacíamos lo que teníamos que hacer: salvábamos vidas. No estábamos ahí para matar”, dice Alicia, desafiante.

“Lo atamos con alambre”

Un hombre con uniforme militar, boina y borcegos está parado en la Plaza del Fundador de la ciudad de Córdoba, sobre la calle Obispo Trejo, casi al frente de la Iglesia Santa Catalina: es Tomás Migliore. Es el secretario general del Movimiento Nacional Cívico Militar Condor. De martes a viernes, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde se para detrás de una mesa con folletos, libros y banderas sobre lo que se oculta de la Guerra de Malvinas. No estuvo en la línea de combate. Él prefiere decir que realizó apoyo logístico.

“Muchas mujeres fueron como voluntarias. Mierda, hay que tener ovarios para querer ir a una guerra”, dice Tomás mientras levanta las manos vacías y simula sostener dos pelotas.

Stella Maris recuerda que ese mismo Tomás la trató de mentirosa cuando ella se acercó a contarle que había participado en la Guerra de Malvinas. Prefirió el silencio. Durante años sus compañeras también eligieron callarse. “Mujeres Invisibles”, el libro que publicó Alicia Panero, les devolvió la voz y sacó a la luz una historia que hasta ahora mantenían oculta. Mujeres que trabajaron en una guerra a la par de los hombres.

El 16 de abril pasado, Stella Maris le mandó una carta al Papa Francisco en nombre de las enfermeras. Quieren su bendición y una entrevista con él. En la primera página, la carta dice: “En 1982 estábamos participando de una guerra, sin preparación extra. ¿Pero qué digo? ¡Nadie estaba preparado! Ni los pilotos, ni los soldados, ni los médicos, ni las enfermeras, ni el país, ni el pueblo. Y entonces como buenos argentinos, lo atamos con alambre”.

Las enfermeras colgaban el suero de un alambre que separaba el hangar de farmacia del lugar donde estaban los paracaidistas. Si no alcanzaban las camillas, ponían colchas sobre el piso para atender a los soldados. Esterilizaban el Hospital Reubicable y se ponían guantes en las manos que se acababan de lavar. Unas horas después Stella Maris corría a una alcantarilla. Detrás de ella iban otras enfermeras. Metían los pies en el agua podrida junto con las ratas, mientras intentaban no tocar las paredes sucias o taparse la nariz por el olor insoportable. Permanecían ahí dentro todas las noches que había peligro, amontonadas, en silencio. Treinta y tres años después salen del pozo en el que estuvieron escondidas.