Por qué las mujeres se ponen siliconas: la delgada línea entre estética e identidad

Nota publicada en el suplemento Número Cero de La Voz del Interior (14/05/2017)
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tetas

No operar. Operar. Volver a operar. Algunas mujeres construyen sus cuerpos poniéndose siliconas. La cirugía tiene un valor social, incluso cuando sin pasar por el quirófano ningún cuerpo es natural. Tres testimonios.

 

El cirujano plástico le tira un beso con la mano a la chica que acaba de salir de su consultorio. Después desaparece envuelto por el resplandor de las luces blancas que hay en el pasillo. Ella, que va a operarse en un par de días, permanece parada frente a la recepcionista que además de darle una lista de indicaciones le recuerda con una sonrisa enfática que el mismo día de la intervención quirúrgica tiene que traer los 30 mil pesos y los implantes (que salen otros 20 mil pesos) en la mano.

Sofía y Celeste no se conocen entre sí. Las dos desde el año pasado tienen lolas operadas. Tuvieron que ahorrar para poder hacerlo. Sofía decidió ponerse siliconas dos meses después de una operación en el útero para evitar un cáncer. Sentía que a su cuerpo le faltaba algo. “Es algo que siempre me gustó en una mujer. Mi mamá tiene busto y me encantaba como le quedaba la ropa, pero claramente había salido parecida a mi papá”, sonríe cuando lo cuenta y aclara que tener lolas no la define como mujer. Habla pausado y la voz de locutora que tiene modula el ritmo de las manos que acompañan lo que dice.

Cada acción construye nuestro género. También lo que hacemos con el cuerpo. El género es una performance. ¿Cruzamos las piernas cuando nos sentamos? ¿Cómo caminamos? ¿Cómo nos vestimos? Así marcamos el ritmo de la coreografía que como mujer ponemos en movimiento.

Un paso. Un silbido. Otro paso. Otro silbido. Otro paso. Un hombre que le grita “mamita” en un tono bajo. Entre la oficina de Celeste y el baño hay un pasillo de distancia que tiene cuatro metros y da a otras oficinas. Ella toma envión cada vez que tiene que pasar por ahí. Y cuando tiene que volver por el mismo camino. Desde que se sacó la faja que tuvo que usar durante el post operatorio lo primero que hizo fue encorvarse. Lo hace porque a veces está incómoda, aunque no con su cuerpo. Una compañera de trabajo le dijo que desde que se operó camina como jorobada.”Tienen ego, porque creen que una se hace las lolas para ellos y nada que ver, no es para ellos, es para mí. O, en todo caso, es para los que yo tenga ganas”, dice Celeste.

Habitar un cuerpo

Decidir operarse es decidir también habitar un cuerpo sexualizado. “Las tetas hacen un cuerpo sexualizado. Y el deseo de verse sexualizada, para mí, no es patriarcal sino que empodera: es querer sentirse deseada bajo los términos que cada mujer plantea, deseada primero por sí misma antes que por otro”, explica Noe Gall, licenciada en Teatro, doctoranda en estudios de Género, y activista feminista prosexo.

Las tetas no son genitales pero sí hacen un cuerpo sexualizado. Sobre ellas recae una mirada erótica o sexual. Además, son altamente erógenas. Y llaman la atención. “El cuerpo sexualizado que irrumpe públicamente genera pánico sexual: si no saben qué hacer con la excitación o estimulación, algunas personas pueden ponerse agresivas porque necesitan exteriorizar lo que les pasa. Y a veces pueden adjudicárselo a la mujer: ‘vos me estás haciendo esto’, ‘vos me estás provocando’, ‘vos te paseás en tetas entonces vas a hacer que te viole’, ‘yo no soy un violador pero como vos me estás mostrando las tetas es culpa tuya’. Tiene que ver con no saber qué hacer con el propio deseo ni con la sexualidad de cada uno. No tenemos una educación sexual que nos guíe ni nos acompañe a desenvolvernos”, añade Gall.

“Hacerse las lolas”

Apoyada en el respaldar de la silla, bien erguida, Celeste toma el té y confiesa que para ella sus tetas son un premio.

“Cuando llegué a los 30 me dije: ‘soy una mujer trans y sobreviví a un montón de cosas así que me voy a hacer las lolas’. Las trans nos animamos a vivir un montón de discriminaciones solamente porque queremos ser lo que somos. Crecí y pude aceptar mi identidad, sentí que quería dar el siguiente paso: construirme también con las lolas para que el espejo me devuelva la imagen que yo quiero para mí”, dice Celeste.

El aumento del tamaño de los senos es el procedimiento quirúrgico más frecuente entre las mujeres según el informe que elabora anualmente la Sociedad Internacional de Cirugía Estética(International Society of Aesthetic Plastic Surgery, ISAPS).

Según los últimos datos publicados en julio de 2016 hubo un aumento del 10,4 por ciento respecto al año anterior en la cantidad de cirugías estéticas de senos. Argentina no aparece en la lista de países con mayor índice de cirugías estéticas por persona. Estados Unidos encabeza la lista.

Los cuerpos hablan. Y hay frases que se plantean como dogmas: “La mujer es más linda con tetas” o “Lo natural es bello”. Es cultural el lugar en el que se inscriben los cuerpos. Nuestros cuerpos están moldeados por la ropa que usamos, por la comida que consumimos, por los discursos y las modas. Una cirugía pone en evidencia el deseo que tenemos de construir el cuerpo que queremos aunque pueda implicar riesgos.

El derecho a arrepentirse

“¿Por qué te queres sacar las tetas?, te van a quedar como pasas de uva”, así les respondían a Enara los médicos que consultaba. Recién en febrero pudo quitarse los implantes, después de cuatro años y siete médicos que esta vez sí le hablaron de las contraindicaciones para que pensara mejor su decisión.

Cinco días pasaron entre la decisión y el día de la primera operación: Enara decidió ponerse siliconas un martes y al domingo siguiente ya estaba adentro del quirófano. Recién llegaba de Punta del Este. El reflejo dorado de los cuerpos en la playa, en las revistas y en la tele la guiaron hasta el consultorio de un cirujano plástico. El mismo día que fue al consultorio a hacer la consulta el cirujano eligió las prótesis y le hizo los análisis para corroborar que el cuerpo estuviera en condiciones para ser intervenido. Su obra social cubría la operación. Fue en 2012. Al año siguiente ya estaba arrepentida.

“¿Cómo caí en esto? ¿Cómo me hice esto? ¿Cómo pude tomar esta decisión?”, recuerda Enara. “El médico no me dio tiempo para pensar nada. Hay muchas mujeres que lo hacen desde una decisión muy individual pero en mi caso tuvo más que ver una imposición colectiva: cómo ser y estar en esta sociedad argentina. Era lo que aparecía en diarios y revistas en los ’90 pero nadie hablaba de lo que implicaba operarse y realmente se valoraba mucho la estética de la mujer por sobre otros aspectos”, dice Enara.

La vorágine es parte del mercado. Para Enara lo que te venden es seguridad pero ella sabe que no funciona así. Y cuenta que lo primero que hizo después de sacarse los implantes fue volver a tocar sus tetas. Antes estaba incómoda porque sentía que eran artificiales.

“Ningún cuerpo es natural de antemano, es decir, uno nace y va haciéndose un cuerpo –dice Noe Gall–. Ponerse tetas, socialmente, es una forma de juzgar a la mujer porque no aceptó su cuerpo tal como era. Son pocos los discursos donde aparecen respuestas como ‘lo hizo para sentirse bella'”.

Los árboles que no pudimos trepar durante la infancia crecen como paredes que delimitan cuál es el campo de acción de una mujer. Trepar árboles, no. Jugar al fútbol, no. Ser desprolija, no. La negación aparece como un dedo que señala qué caminos son transitables. “Habitables son las narraciones acerca de ser una buena madre, una buena hija, una buena profesional, una mujer exitosa, buena ama de casa o buena esposa. No hay guiones para quienes digan soy una puta, soy re buena en la cama, soy libre. Esas narraciones para nosotras no están disponibles. Y que una mujer decida habitar su cuerpo sexualizado es una narración potente, porque posibilita nuevos modos de ser mujer”, agrega Noe.

Diversas

“Las lolas son para mí”, dice Celeste. Muchas de sus amigas ahora también quieren operarse. Pero ninguna considera como opción recurrir al sistema público de salud. La Ley 26743 de Identidad de Género garantiza en el artículo 11 el derecho a “acceder a intervenciones quirúrgicas totales y parciales y/o tratamientos integrales hormonales para adecuar su cuerpo, incluida su genitalidad, a su identidad de género autopercibida, sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa”.

Aunque la mastoplastía de aumento (implante mamario) está incluida entre esas intervenciones, Celeste se operó en una clínica privada en noviembre del año pasado y pagó 40 mil pesos.

“Hasta que el Estado reaccione y te reconozca los derechos o hasta que la obra social acceda a hacerte la operación pueden pasar años. Ya no quiero perder más etapas”, explica Celeste. Lo dice porque durante su infancia las maestras se horrorizaban con los dibujos que hacía en el cuaderno del colegio cuando tenía que dibujar a la familia: la mamá se distinguía del papá porque tres palitos formaban un triángulo que hacía de pollera y ella escribía el nombre de varón que tenía y abajo una nena con vestido, rulos y tacos.

Cuando salió la Ley de Identidad de Género, algunas mujeres cis -mujeres cuya identidad de género coincide con el género asignado al nacer- pusieron en discusión por qué las mujeres trans podían acceder gratuitamente a una cirugía estética en las lolas y ellas no.

“Si los hospitales empiezan a hacer cirugías gratis para todos se acaba el negocio de los cirujanos estéticos que ganan muy bien con las operaciones”, dice Noe. Y agrega: “¿Lo que las mujeres hacen es una cuestión de estética y lo que hacen las trans es una cuestión de identidad? Es una línea compleja. Lo estético también constituye identidad”.

La diferencia es que las mujeres trans para ser leídas como mujeres tienen que intervenir su cuerpo con tratamientos hormonales o intervenciones quirúrgicas en centros clandestinos por no poder acceder a las clínicas privadas o porque el sistema de salud pública no es garantía. Pocas pueden pagar una cirugía estética. Algunas no pudieron ser niñas en la escuela, a veces ni siquiera en el entorno familiar. Otras no pudieron ser adolescentes vestidas como deseaban. Después crecen. Y hacen de su cuerpo un territorio artesanal construido con sus manos.

“No puedo igualar las decisiones estéticas de una mujer cis con una mujer trans que tuvo que hacerse un cuerpo. Pero sí creo que operarse constituye identidad: es cómo querés que sea tu cuerpo y cómo querés ser leída, porque una también se construye con la mirada del otro. El activismo y la teoría trans nos dejó una enseñanza a las feministas y a las post feministas: nadie nace con un cuerpo sino que se va construyendo y cada quien acepta sus propios riesgos. Cada una hace lo que quiere con su cuerpo. Y eso es el feminismo”, dice Gall.

Sin que nos cueste la vida: que no haya que acceder a un servicio nocivo para el cuerpo cuando la decisión es la cirugía estética ni que te maten por tener tetas.