Sin freno

E+15-12

Nota publicada en Revista E+ (Agosto, 2016)
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En Argentina murieron 7.472 personas en accidentes de tránsito sólo en 2015: 21 personas por día, casi una por hora. Es como si todas las semanas se cayera un avión con 150 pasajeros a bordo y murieran todos. Todas las semanas.

A las 23:47 Franco Orellano se saca una selfie: quiere ver cómo tiene su cara, ahora que una gaza le cubre todo el costado derecho. Escucha los audios que le manda su mamá. Tiene los ojos atravesados por finas líneas de sangre que se entrecruzan, los párpados caen pesados. Acostado en la camilla, intenta levantarse para ver cuán lastimado tiene el pie. Es el primer paciente por accidente de tránsito que ingresa al turno noche del Hospital de Urgencias de la ciudad de Córdoba este viernes 8 de abril. Alfredo es el padre y mira a través del vidrio que lo separa de la Sala de Emergencias donde su hijo está en observación. “No sé si tomó conciencia. Me supera. Yo ya no sé qué más hacer”, dice Alfredo, con las manos en los bolsillos y la cara marcada por el sueño.

Alfredo tiene tres hijos y todos tuvieron accidentes con la moto. Franco es el menor, tiene 24 años. Iba en su Honda 150 CG con Lionel a buscar entradas para ver la Banda XXI, cruzó rápido por una esquina y no vio que venía un auto. Ninguno de los dos usaba casco. El Hospital de Urgencias registra 2.351 accidentes de autos y motos sólo en los tres primeros meses de 2016, sin contar los 738 accidentes por causa indeterminada donde se contabilizan peatones y ciclistas. El año pasado hubo 12.987 personas atendidas por accidentes de tránsito.

En Argentina murieron 7.472 personas sólo en 2015. Es como si un avión cayera cada semana y murieran 150 personas cada vez. Nadie sería indiferente: la cifra sería demasiado grande como para ignorarla. Pero 20 muertos por día, todos los días, parecen no decir nada.

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El Hospital de Urgencias atiende el 90 por ciento de los traumatismos causados en el Gran Córdoba y el área metropolitana, a un promedio de 120 pacientes por semana y 140 por fin de semana. Además de accidentados en la ciudad, recibe un 20 por ciento de derivaciones del resto de la provincia y un 5 por ciento de provincias vecinas.

Maximiliano Tittarelli es el Subdirector del Hospital: “El accidente es un imprevisto, lo que se puede prevenir es un incidente. Salir a la calle sin casco o no usar cinturón de seguridad es un riesgo. Tenés que saber que estás exponiéndote sólo”, explica sentado en su oficina.

La Ordenanza Municipal N° 9981 define como accidente de tránsito a “un suceso o acontecimiento súbito, inesperado y no premeditado, causado, al menos, por un vehículo motorizado en movimiento en la vía pública y a raíz del que se producen daños materiales, lesiones o muertes”.

En 2015 el Hospital de Urgencias registró 6.649 consultas por accidentes de moto, 3.663 por accidentes de causa indeterminada y 2.585 por accidentes de auto.

El mayor porcentaje de accidentes de tránsito en la ciudad de Córdoba involucra a motociclistas: 1.779 ingresaron al Hospital de Urgencias sólo en los tres primeros meses de 2016. Los automovilistas ocupan un número menor: 572. El Hospital trabaja en un porcentaje nuevo donde pueda contabilizar a los ciclistas que hasta ahora no entran en ninguna estadística, al igual que a los peatones: ambos se incluyen en accidentes por causa indeterminada.

En la Unidad de Terapia Intensiva, cinco de sus seis camas están ocupadas por pacientes que tuvieron accidentes de tránsito. La Sala de Shock debería ser un área de tránsito: el paciente ingresa, recibe un diagnóstico y debería pasar a terapia intensiva o ser derivado a otro centro de salud. Pero muchas veces no hay lugar en la terapia y permanecen ahí, en uno de los cuatro boxes que en situaciones extremas estira su capacidad a ocho personas. El doble.

En el tercer box está Lucas Petito, en coma farmacológico. Tiene traumatismo de cráneo, traumatismo abdominal y fracturas en todos los miembros. Iba en moto con Daniel Quinteros, ninguno usaba casco. Esperaban que el semáforo se pusiera en verde. Cuando la moto arrancó, Lucas cayó para atrás. Eran las 5:50 de la mañana. Atrás venía un Honda Civic blanco que además de atropellarlo, se escapó.

En la puerta de entrada a la Sala de Emergencias hay cuatro policías detrás de una mesita con un televisor, una radio y tres manojos de llaves. “Acá no le hacen asco a nada, si hay que cortar o hay que operar: ¡zas!”, dice Raúl,  y hace un movimiento del brazo que imita un cuchillo. Es policía y hace tres años que hace adicionales en el Hospital de Urgencias. Controla las cámaras de vigilancia y cada tanto recorre los pasillos, aunque lo que más hace es tomar mates mientras escucha The Final Countdown de Europe, cantada por Gary. La música del cuartetero cordobés recibe a los pacientes que llegan en camilla.

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Franco ya se sacó la selfie y ahora espera en el pasillo de la guardia. Una enfermera pasa al lado y le pregunta por qué llora. “Por la pierna y por el cagazo”, responde. Tirita de frío y de miedo. Usa casco cuando va a trabajar pero no cuando sabe que va y vuelve rápido por el barrio. La mandíbula le tiembla, la lengua choca contra el paladar. Inhala. “Tengo frío”, dice. Exhala. Habla sólo:

–¡Vamos! ¿Estás ahí Lionel? No te vas a querer ir Lionel. Dormime por favor. Que alguien me duerma.

Cuando Franco entra a la Sala de Rayos X, Lionel se va. En la mano tiene entradas para ver a la Banda XXI y billetes de cinco y dos pesos para tomar un taxi. No tiene miedo de volver a subirse a una moto: “No pasa nada si no usas casco. Si yo ahora me voy a mi casa”, dice.

Fotografía de un accidente de tránsito con lesiones leves: Cuello ortopédico. Sangre al costado de la cara. Una mano vendada. Ropa sucia, arrugada, con tierra. Pie desnudo, hinchado, con sangre. Las manos haciendo fuerza por cerrar los puños. El cuerpo busca la posición fetal. Los ojos indecisos: a medio abrir o a medio cerrar.

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–Muchos pacientes cuentan que usaban el casco pero sin atar, así que se les sale al momento del choque. Otras veces lo llevan en el brazo, que es lo mismo que nada –dice Tittarell, el Subdirector del Hospital.

El artículo 52 de la Ordenanza N° 9981 exige a los “conductores y eventuales acompañantes llevar cascos protectores normalizados”. No especifica que deben llevar el casco puesto y muchos se agarran del error judicial para no usar protección.

Luis Enrique Cianciola es perito, ingeniero mecánico y se especializa en accidentología vial. La mayoría de las consultas que recibe son por accidentes en moto de jóvenes entre los 18 y 30 años. “La moto es peligrosa como todo vehículo. Pueden usar casco pero, al final, es un adorno porque cometen infracciones lo mismo: no respetan las ordenanzas de tránsito. Pero el problema es que no lo usan y ¿sabés cuál es la diferencia? La vida”, dice Cianciola.

La terapia intensiva del Hospital de Urgencias es un rectángulo silencioso donde abunda el blanco y la luz se abalanza sobre los ojos. Los respiradores artificiales siguen el ritmo del aire que entra y sale de los pulmones. El amarillo resalta: una línea bordea las camas para delimitar hasta dónde pueden acercarse los familiares de los pacientes. Todos están enyesados.

Hay seis camas, sólo una está vacía. Son las dos de la mañana. En la primera camilla hay una señora de 75 años en coma natural con traumatismo de cráneo grave. La atropelló un colectivo mientras cruzaba la calle.

En la segunda camilla hay un joven de 23 años que está en coma natural hace más de quince días. Iba en moto. Chocó con un camión. No usaba casco.

En la tercera camilla hay un joven de 21 años. Tiene politraumatismos, está en coma farmacológico. Iba en moto. Chocó con un auto. No usaba casco.

En la cuarta camilla hay un joven de 23 años. No está en coma pero tiene politraumatismos y secuelas neurológicas graves. Iba en moto. Chocó con un auto. No usaba casco.

En la quinta camilla hay un joven de 18 años. Tiene múltiples fracturas. Está en coma farmacológico. Iba en moto. Chocó con un auto. No usaba casco.

En cada box hay respiradores, bombas de infusión donde se colocan los fármacos y el monitor para controlar los signos vitales. Los cables son una telaraña que mantiene a los pacientes aferrados a la vida. Hay tres médicos a cargo de la terapia intensiva. Lorena Bazán hace cuatro años que trabaja ahí:

–La mayoría de los pacientes son motociclistas que no usaban casco y, obviamente, las lesiones más graves se producen en la cabeza. Las secuelas van desde una parálisis en alguna parte del cuerpo hasta quedar en estado vegetativo –dice Lorena.

Los médicos caminan como si el suelo quemara, apenas apoyan los pies para no hacer ruido. El silencio sólo se quiebra por las bombas de infusión. Pi… Pi… Pi… Las máquinas hacen todo lo que hombre no puede hacer cuando están en coma. La mayoría de los que se despiertan quedan con secuelas graves.

La sangre y los quejidos son parte de su rutina laboral. Las conversaciones superfluas se desprenden del aire tenso que rodea a los pacientes: “Me encanta la chaquetilla de la flaca, el corte con las pinzitas, divina”, dice una de las enfermeras. “No existen los médicos como Dr. House. Él sabe todo: pediatría, hace laboratorio, es cirujano, bioquímico. Es imposible”, dice uno de los médicos. Hay música de fondo. Los enfermeros –todos usan crocs, salvo el Jefe de Guardia que tiene puestos zapatos negros– van y vienen por el pasillo con frescura y buen humor.

Una señora sale de la guardia del brazo de su marido, saluda a todos y antes de irse palmea a Franco que sigue en la camilla. La puerta de la Sala de Shock se abre y aparece un hombre colorido: usa un ambo amarillo y fucsia y una cofia verde, es el anestesiólogo. Entra un indigente y se olvida un zapato marrón, gastado, tirado en el pasillo. Entran médicos. Salen. Entra el guardia. Sale.

–Uh, qué frutillita –dice una médica del 107, la Dirección de Emergencias Médicas Municipal, que entra por el pasillo y se choca con Franco, que ya volvió de la Sala de Rayos X: tiene politraumatismo facial y esguince en el pie derecho. Ya le sacaron el cuello ortopédico.

–Ahora sí tengo miedo, no quiero andar más en moto. En el momento no sentí nada. Me quería levantar y no me dejaban, quería ver cómo estaba mi amigo. Sentía culpa –dice Franco.

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Todos los días 480 inspectores salen a la calle para ordenar el tránsito pero, como se dividen por turnos, no pueden abarcar más que el casco céntrico de la ciudad. Hacen unas 300 mil actas por infracciones al año. El 64 por ciento de las multas corresponde a motociclistas, por falta de documentación. El 21 por ciento de las multas que les hacen a automovilistas son por hablar por celular mientras manejan y sólo un 14,7 por ciento es por cruzar semáforos en rojo. Al estar todo el día en la calle la policía municipal es la primera en llegar cuando ocurre un accidente. Cortan el tránsito, llaman al 107, esperan a la policía.

–Tenemos el depósito lleno de motos que no vienen a buscar. Es más fácil comprar una nueva que hacer todo el papelerío legal. El 50 por ciento de las multas a los motociclistas es por no tener los papeles en orden, que es lo que garantiza que la persona está en condiciones de manejar –explica el Ingeniero Narciso Raúl Alonso, director de la Policía Municipal.

En el local comercial Córdoba Moto piden recibo de sueldo con antigüedad de seis meses, el documento y un impuesto. Una moto de 150 centímetros cúbicos de cilindrada cuesta $15.900, y una de 180 cc, $24.400. Los cascos cuestan entre 500 y 1.200 pesos. Donde las venden no preguntan si el que compra la moto es menor de edad o si tiene carnet para conducirla.

El 53 por ciento de los llamados al 107 corresponden a accidentes de tránsito. De ese porcentaje, el 82 por ciento son motos que chocan a vehículos. Los sectores donde más se producen accidentes son el Centro, Nueva Córdoba y Alberdi, en ese orden. El resto en los barrios, donde los inspectores no llegan y tienen vía libre las infracciones.

–Está bien que les quiten las motos. El problema es que en los barrios nadie controla –dice Alfredo, el padre de Franco, que todavía está en la camilla. Franco chocó en una esquina de poco tránsito, sin semáforo y con poca iluminación. A la 1:20 volvió a su casa, acompañado de su papá.

A las 2:55 entra Eduardo, un señor de 60 años con fractura de tobillo y una venda blanca en la cabeza que se tiñe de rojo. Iba en moto, chocó con un auto y perdió el conocimiento. No usaba casco.

–Una cerveza tomé nada más –dice.

Pero el olor a alcohol y la imposibilidad de mantenerse parado delatan que no fue una sola. Le enyesan el pie. Ronca mientras lo suturan. Está en posición fetal mientras un médico le cose el tajo que tiene en la cabeza.

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Francisco Astelarra –presidente de la Asociación Argentina de Compañías de Seguros– dice: “No se publican datos de accidentes de tránsito hace años y tiene que ver con una política de poca transparencia y cero información”. Dice que los únicos datos sobre siniestros viales son publicados por ONGs como Luchemos por la Vida y el Instituto de Seguridad y Educación Vial (Isev).

“Argentina ostenta uno de los índices más altos de mortalidad por accidentes de tránsito. 21 personas mueren por día; hay 7.472 víctimas fatales por año (2015) y unos 120 mil heridos de distinto grado y miles de discapacitados. Las pérdidas económicas del tránsito caótico y accidentes de tránsito superan los 10.000 millones de dólares anuales. Pero no se trata de números sino de vidas humanas. De hombres, mujeres, jóvenes y niños que ven truncadas sus vidas a causa de un accidente de tránsito. Son proyectos, sueños, ilusiones y esperanzas muertas”, dice el último informe de Luchemos por la Vida. La ONG elaboró un mapa que muestra los muertos por accidentes de tránsito durante un año: Córdoba es la tercera provincia del país, después de Buenos Aires y Santa Fe. Los accidentes de tránsito en Argentina son la primera causa de muerte en menores de 35 años y la tercera sobre la totalidad de los argentinos.

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El primer fin de semana de abril el Hospital de Urgencias registró 67 accidentes de moto, 36 de autos y 26 de causa indeterminada. Hay pacientes que se quedan internados un mes; otros, un año. El Hospital invierte entre 2.000 y 4.000 pesos por día por cada uno de ellos.

Comienza mayo y Lucas Petito está ansioso: quiere volver a su casa. Todavía está internado en el Hospital de Urgencias, aunque ahora en una sala común. “Estoy muy bien acá, veo la tele o juego a la play, hablo mucho con mis viejos del accidente. Cada vez que escucho la sirena de la ambulancia me imagino que viene a buscarme a mí”, cuenta.

Lucas –21 años, trabajador de un call center– tiene una cicatriz que empieza en la cabeza y termina en la pera y cruza todo el costado derecho de su cara. Sólo puede abrir el ojo izquierdo. Jura que nunca se volverá a subir a una moto. Estuvo 16 días en coma y vuelve a su casa con la única indicación de hacer dieta y tomar antibióticos. Está sentado en una silla de ruedas. Atrás hay una hilera de estampitas y rosarios. Al costado, dos amigas que vinieron a verlo. Darío –padre de Lucas– está apoyado en la pared: pasa entre 15 y 20 horas por día en el Hospital.

–Estoy muy preocupado y también más precavido. Pero me doy cuenta que no alcanza con ser prudente. No puedo creer lo que pasa en este Hospital, la cantidad de jóvenes que se mueren, los que quedan con secuelas irreversibles. La mayoría de la gente accidentada que vi llegar en este tiempo es por negligencia, no por fallas técnicas. Algo tenemos que hacer como sociedad y algo tiene que hacer el gobierno –dice Darío.

–¿Sabes cuál es el problema? –dice el Subdirector del Hospital y señala con la nariz la calle que se ve desde la ventana de su oficina.

–Ahí está el problema.